Protestas en Irán: de la reivindicación económica a la voluntad colectiva de poner fin a la dictadura
Introducción
Las protestas que comenzaron entre el 28 y el 31 de diciembre de 2025 en el Gran Bazar de Teherán se transformaron, en cuestión de días, en un movimiento nacional cuyos lemas apuntaron de forma explícita contra el sistema del Velayat-e Faqih y la figura del líder supremo. Lo que inicialmente parecía una huelga del bazar tras la caída histórica del rial se convirtió rápidamente en una protesta política abierta, con consignas como «Muerte al dictador», «No al Velayat-e Faqih» y «Ni Sha ni Líder Supremo: democracia e igualdad».
Este cambio de fase —de lo económico a lo político— también se reflejó, según informes de campo, en las universidades y otras ciudades. Comerciantes y estudiantes —dos sectores que habitualmente aparecen en ciclos de protesta distintos— se transformaron esta vez en una coalición social cuyo punto en común es el rechazo total a la dictadura.
Contexto y detonantes inmediatos
La caída del rial hasta un mínimo de aproximadamente 1,45 millones de tomanes por dólar y una inflación de los alimentos superior al 70 % llevaron la presión sobre los medios de vida a un punto crítico. Los comerciantes protestaron cerrando sus tiendas, y posteriormente esta acción se extendió a manifestaciones callejeras y consignas contra el poder gobernante. Al mismo tiempo, el Estado intentó contener la crisis mediante medidas como la dimisión del gobernador del banco central y mensajes públicos de apaciguamiento; sin embargo, el tono y el alcance de las protestas mostraron que la sociedad percibe el problema como estructural, no meramente administrativo.
En este contexto, incluso medios vinculados a la Guardia Revolucionaria reconocieron que las protestas iban más allá de las demandas económicas y que se escuchaban consignas como «Fin del gobierno clerical» y «Muerte a Jameneí».
De la «economía» a la «política»: ¿por qué el objetivo de las protestas pasó a ser el «fin de la dictadura»?
Cuando la fractura de legitimidad es profunda, cualquier crisis económica se transforma rápidamente en una crisis política. Informes procedentes de Teherán, Shiraz, Kermanshah, Isfahán y otras ciudades muestran la presencia conjunta de sectores de mediana edad y de la clase trabajadora junto a la juventud, señal de una amplitud social que supera a la de movimientos anteriores.
Esta transición también es visible en las consignas: de la «subsistencia» a la «libertad», y de la «reforma» al «derrocamiento». Según los análisis, una metamorfosis así no ocurre de manera espontánea, sino que es el resultado de la experiencia vivida de una sociedad frente a una estructura incapaz de reformarse.
El factor de la victoria: la «continuidad» como estrategia, no solo como resistencia
El análisis titulado «El factor decisivo del levantamiento: por qué la continuidad determina la victoria» aclara que la continuidad no consiste únicamente en prolongar la protesta, sino que es un mecanismo de sinergia entre esperanza, solidaridad y profundización de la demanda política. La continuidad transforma grupos dispersos en una voluntad nacional unificada, devuelve el foco desde los márgenes hacia el centro del poder y permite la incorporación de nuevas capas sociales (trabajadores, comerciantes, estudiantes y profesionales), lo que en la práctica eleva el costo de la represión para el régimen.
La dicotomía «protesta sí / disturbio no»: la ingeniería del lenguaje para legitimar la represión
En el séptimo día del levantamiento, Ali Jameneí declaró: «La protesta es legítima, pero la protesta es diferente del disturbio… con el perturbador hay que actuar». En apariencia, el tono invita al diálogo; pero en realidad el régimen, al fabricar el límite de lo «pacífico», otorga licencias políticas y califica rápidamente como disturbio cualquier acción eficaz, para así emplear contra ella los instrumentos militares y judiciales. Esta ingeniería del lenguaje hace el trabajo de la bala antes del disparo: traslada la responsabilidad de la violencia del poder a la víctima («no queríamos reprimir, pero ellos cruzaron la línea de la protesta pacífica»).
Como también muestran los informes internacionales, cuanto más políticas y extensas se vuelven las protestas, más intenta el régimen reducirlas a «disturbios» mediante el corte de internet, detenciones y la repetición de estas narrativas, mientras los datos evidencian víctimas y un uso violento de la fuerza por parte de los aparatos de seguridad.
Demonización política: la guerra silenciosa que las dictaduras libran para sobrevivir
El tercer pilar de la supervivencia de la dictadura es la demonización: la construcción de narrativas organizadas para deslegitimar a la oposición, presentarla como «infundada, peligrosa o mercenaria» y convencer a la sociedad y al mundo de que «no existe una alternativa fiable». Investigaciones y reportes independientes sobre la maquinaria de demonización de Teherán —desde los medios estatales y frentes pantalla hasta redes cibernéticas y la infiltración en ámbitos académicos e intelectuales occidentales— han esclarecido este mecanismo. El objetivo final es aislar y dejar indefensa a la oposición y quebrar la voluntad social de cambio.
En el plano interno, paralelamente al aumento de las ejecuciones y al uso de confesiones bajo coacción, el poder judicial actúa como la «columna vertebral de la represión»; ejecuciones que son menos una respuesta al delito que una herramienta política para controlar a la sociedad protestante, con el mensaje psicológico de que «el costo de resistir es alto». Este patrón se repite en datos e informes de derechos humanos.
La relación de las protestas con el eje «no a cualquier dictadura»
Una de las características más destacadas de la nueva ola de protestas es la formulación explícita de consignas como «Ni Sha ni Líder Supremo», que indican claramente el rechazo de cualquier forma de dominación personal y no responsable. Según informes de campo y análisis, esta línea divisoria es el resultado de 47 años de experiencia social: la sociedad quiere salir del ciclo de «sustituir una dictadura por otra» y alcanzar el Estado de derecho, la separación de poderes y el derecho a elecciones libres.
¿Por qué esta vez el «punto de no retorno» parece más cercano?
Superposición de sectores sociales: desde el bazar hasta la universidad y los trabajadores, la participación es más amplia que en los ciclos de 2019 y 2022.
Profundización de crisis simultáneas: la presión económica, la erosión de la legitimidad, las fisuras internas del poder y el legado de guerras recientes han reducido la capacidad de resiliencia del sistema.
Generalización de consignas abiertamente antisistémicas: el énfasis en el «fin de la dictadura» en lugar de demandas parciales indica un objetivo político de gran alcance.
Respuesta represiva de alto costo: a medida que aumentan las cifras de muertos, heridos y detenidos, la narrativa del «disturbio» resulta más difícil de imponer y crece el riesgo de expansión de las protestas.
Desafíos por delante
A pesar de estas señales, el camino de la transición enfrenta varios desafíos clave:
Desgaste y fragmentación de redes: el régimen invierte en el cansancio social mediante el corte de comunicaciones, la amenaza a los medios de vida y la amplificación del costo personal. La respuesta es la que plantea el análisis sobre la continuidad: autoorganización logística, división del trabajo y ciclos de descanso y relevo.
Construcción de narrativas y demonización: desde etiquetar a los manifestantes como «alborotadores» hasta presentar al sistema como «sin alternativa». La respuesta pasa por la alfabetización mediática, la documentación de campo y la conexión con redes independientes de verificación.
Costes humanos: el aumento de ejecuciones y condenas severas, especialmente mediante juicios injustos, requiere solidaridad nacional e internacional para defender a los presos y reducir el costo de la protesta.
Conclusión
La narrativa central de este período es clara: las demandas económicas encendieron la chispa, pero fue la crisis de legitimidad la que alimentó el fuego. Aunque el régimen intenta, mediante la dicotomía «protesta/disturbio» y la maquinaria de demonización, encerrar la protesta en un marco inofensivo y luego criminalizarla, la continuidad sostenida y en red de las movilizaciones, al profundizar la demanda política y ampliar su base social, puede inclinar el cálculo costo–beneficio de la represión en contra del sistema. El punto común de todos los informes y análisis es que el objetivo final ha ido claramente más allá de una «mejora a corto plazo» y se orienta al fin de la dictadura y al establecimiento de estructuras democráticas.
¿Cuál es el deber de toda persona consciente ante esta situación?
Frente a la represión, la injusticia y la demanda de libertad, la responsabilidad no recae solo sobre los iraníes; toda persona consciente, independientemente de su nacionalidad, puede desempeñar un papel. Estos roles incluyen:
Apoyar la verdad y combatir la manipulación
Difundir información fiable, evitar la reproducción de narrativas falsas y ayudar a que la voz de las víctimas llegue a los medios libres.
Presión cívica y ética sobre las estructuras de poder
Exigir rendición de cuentas a gobiernos, organizaciones internacionales y empresas para que respeten los derechos humanos y eviten colaborar con quienes los violan.
Solidaridad humana y defensa de los derechos fundamentales
Participar en campañas globales, apoyar a los presos políticos y colaborar con redes de ayuda y de documentación de violaciones de derechos humanos.
Estas acciones, si se realizan con honestidad y coordinación, pueden neutralizar las fronteras geográficas y recordar este principio fundamental: la defensa de la libertad y de la dignidad humana es un deber global, no una responsabilidad exclusiva del pueblo iraní.




